Cuando “Tea” no es Té en inglés

Hace unos días recibí la sorpresa de, en el proceso de facturar mi vuelo para la ciudad de Londinum, poder ascender a lo que en British Airways llaman Club Europe por una muy razonable cantidad. Sinceramente poco tiempo tardé en aceptar pensando en mi bebé que vería el Támesis por primera vez a lo que debía sumar nuestro casi crónico cansacio del escaso tiempo para dormir que nuestra pequeña, nuestros trabajos e ilusiones nos dejan.

Al llegar al Boeing en cuestión, el recibimiento fue como esperado. Sonrisas, periódico, comida caliente, Champagne, espacio entre las piernas y una conciencia mas relajada al ver a mi pequeña vociferar ante los cambios de presión. De repente, un tripulante de cabina algo respingón en su actitud y quizás desairado con que gentes como nosotros pisáramos excelsa alfombra nos miró y habló con su acento sospechosamente continental. Dijo: – “Tea”.

Mi mujer solícita y sonriente le indicó que ella prefería café a lo que él respondió.

– Tea es el nombre del servicio, no la obligatoriedad de una bebida determinada.

Nos enfrentábamos a una merienda con nombre de pila. Suele ocurrir en cierto lugares de España que el personal se cita a tomar el Vermouth, Vermú o Vermut o…. lo que algunos llaman en el barrio de pescadores de Barcelona… vermutito, cuando en realidad, la gente mayoritariamente se enjuga el gaznate con una cerveza (en cualquier de sus múltiples denominaciones).

La cuestión sobre el tea me hizo pensar en la polisemia de las palabras; en las costumbres; en una pequeña joya de la enología clásica. Los vinos helenos de retsina. Estos son propios de las castigadas islas griegas pero existen otras islas de bandera europea y situadas en la misma línea de la disputada frontera saharaui marroquí que hacen vino de ¿retsina? pero de color tinto. Las Islas Canarias y especialmente la isla de La Palma en cuya subzona Norte se elabora vino muy característico.

Hace siglos se hablaba en los puertos de Bristol y Porthmouth del llamado Canary Sack y como consecuencia de los descubrimientos salvavidas de los británicos buscando competidores a los vinos franceses especialmente del Médoc, se hizo famoso, popular y bebido en las tierras de la Corona Tudor el llamado Canary que incluia el Tea Wine.

Ocurre que existe el llamado pino canario o pinus cannariensis, al que los canarios llaman: Tea.

En la actual DO La Palma existen dos pequeños vericuetos que hablan de historia y tipicidad, las Malvasías de Fuencaliente o Teneguía y los Vinos de Tea de la subzona Norte de la Isla. Si las laderas de Libornia y los tierras medoquianas introdujeron el roble para la crianza y elaboración del vino; si otros mantenienen la acacia para no alterar el aroma propio de las uvas en origen; y si el castaño sigue siendo utilizado en tierras gallegas y en otros lares del viejo continente; la Tea o el Pino canario, sigue siendo la materia principal para esas “pipas” de 500 a 600 litros que le dan un caracter tan propio y casi único de los llamados vinos de Tea, ese caracter resinoso y especiado.

La Negramoll es la principal uva para elaborar este vino isleño, de origen incierto pero de antecedente cercano en la Negra Mole de Madeira y el Albillo, uva blanca y castellana que refresca y da cuerpo a los vinos propios de Castilla y León, conforman este Vino de Tea y atisban una manera de ser del canario.

La manera de ser y de nacer en un cruce de caminos donde desde el siglo XV no solo españoles sino también portugeses, franceses y alemanes han dejado huella y de la que los británicos han sacado sus mejores caldos por ellos llamado “Canary Sack” o como en tiempos se conoció en Londres… el Canary y su Tea Wine

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¿Se habrá servido vino español en el jubileo de Isabel II?

Resulta que… No.

Esto nos hace pensar en lo que hace exactamente 59 años ocurrió en el Reino Unido. En 1953 el Reino Unido y especialmente su capital, Londres, se restañaba las heridas de la guerra. La II Guerra Mundial que había destruído los tejados de la vieja Londinum se estremecían no solo por el ruido de los aviones comerciales sino por el hambre de sus habitantes. Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda (después Irlanda del Norte) aun cerraban los ojos y sentían como la zarpa del fascismo había estado a punto de desgarrar el mítico pundonor británico.

El nuevo miedo no estaba en aquel telón de acero que comenzaba a forjarse en los despachos del Kremlin y de sus satélites. Estaba en la cartilla de racionamiento.

El Imperio británico, su metrópolis, la mayor y mas vasta extensión de tierra y de guías comerciales controladas que el planeta hubiera conocido, sencillamente languidecia. Una vez que Churchill hubo perdido las elecciones frente a los laboristas, el Rey Jorge VI desaparecía de forma repentina.

Isabel II aunó y recogió, en 1953, el caracter flemático y burlón de aquellos británicos desolados, comenzando con orgullo una ceremonia de entronización que a nuestros ojos actuales hubiera parecido una indecencia; un dispendio absurdo y que cualquier chelín, penique, libra o guinea debiera haber sido dedicado a una empresa mayor. Alimentar a su pueblo.

Con motivo de la entronización, el Ministerio de Alimentos (literalmente el que ordenaba la calorías a ingerir por los británicos) decidió aumentar la cuota de la cartilla de racionamiento con una libra extra de azúcar y cuatro onzas de margarina con la idea de apoyar un cierto “espíritu de festividad”.

Para aquel banquete, se sirvieron los siguientes vinos:

– El vino español, blanco y elegante por excelencia. Un Fino.

– El vino alemán, seco y ácido, un mítico entre los elegidos. Un Riesling

– El vino francés, espumoso y con cuerpo, el rey de las celebraciones. Un Champagne.

– El vino portugués, dulce y afrutado, el señor del reposo y la tertulia. Un Oporto Vintage.

Simplemente 8 años habían pasado desde que Alemania claudicara y un vino alemán se degustó. En España la tensión de la guerra y el regimen franquista se mantenían y un vino español se disfrutó. El Champagne servido era de ascente alemán, un Krug. Y el Oporto, el Oporto.. volvió a ser el refugio de la sed que los descendientes de normandos y sajones llevaron a descubrir los grandes vinos especiales que hoy podemos celebrar.

Aquella fue una ocasión para demostrar, elegancia, grandeza y sobriedad o quizás simplemente esa admirable flema británica. No dolieron prendas a la hora de dar al vino su justo valor fuera de políticas nacionalistas, sensacionalistas y baratas. En la mesa de la coronación de Isabel II, vinos de alemanes y españoles se disfrutaron sin controlar la “visa” del pasaporte.

59 años después y para la celebración del jubileo de Isabel II, solamente se ha servido, vino británico.

Esta es una época difícil, si, pero de integración de idiomas comunes de sentir que Londres o Berlín son como un barrio un poco más alejado. Creo sinceramente que los británicos han ido quizás marcha atrás. ¿Política y nacionalismo en la mesa de la Corona que ha defendido la desaparición de aranceles y las puertas abiertas a los mejores vinos del mundo?

Parece que… Si.